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HANSEL Y GRETEL SE HACEN MAYORES

HANSEL Y GRETEL SE HACEN MAYORES

En el cine se está viviendo una tendencia a adaptar cuentos clásicos de manera más épica, moderna y oscura para captar la atención de las nuevas generaciones de espectadores. Éste fue el caso de Los hermanos Grimm, de Terry Gilliam o más recientemente de Blancanieves (Mirror, Mirror), de Tarsem SiNgh y de Blancanieves y la leyenda del cazador, de Rupert Sanders. Este mes de marzo va a ser muy prolífico en adaptaciones llenas de fantasía y sentido de la aventura pues van a llegar Jack Cazagigantes, de Bryan Singer y Oz, un mundo de fantasía, de Sam Raimi. La primera en aterrizar a las carteleras es Hansel & Gretel, cazadores de brujas, de Tommy Wirkola.

Como bien reza en su título, los hermanos más famosos surgidos de la imaginación de los hermanos Grimm, tras conseguir sobrevivir de pequeños a una bruja tentados en una casita llena de dulces, han cambiado su historia y su destino: diez años más tarde se dedican a atrapar las brujas que aterrorizan poblaciones enteras y secuestran niños. Jeremy Renner y Gemma Arterton son los dos hermanos adultos que se dedican a la caza de brujas oscuras y maléficas.

La aventura podría tener más o menos gracia si el humor que en ella se intuye funcionase, si la aventuras fuesen más espectaculares y mejor realizadas a nivel técnico -incluso en 3D tiene poco sentido-, si la acción fuese ineperada o como mínimo si se impregnase de un espíritu más de serie B. Pero la aventura de los dos hermanitos se queda en tierra de nadie. Le falta un sentido del humor, unos efectos especiales más rutilantes, sorpresas que salpiquen la trama y villanos antológicos -se podría haber sacado más partido a Famke Janssen, una mala que puede dar mucho juego, como demostró en Goldeneye- Incluso los protagonistas, los en otras ocasiones notables Jeremy Renner (En tierra hostil, The Town, Los vengadores) o Gemma Arterton (Quantum of solace, Tamara Drewe) parece que no se creen en absoluto a sus personajes, a los que interpretan sin chispa ni convicción, por lo que al espectador poco le interesa lo que les está pasando.

El año pasado llegó a nuestras carteleras Abraham Lincoln, cazador de vampiros, una curiosa reinterpretación de la historia del 16º presidente de los EEUU que, como mínimo, resultaba más resultona en cuanto a argumento y factura técnica. Era de serie B pero, al menos, más cuidada. En cambio, ésta que nos ocupa desaprovecha su potencial, haciendo un producto convencional, mainstream y sin alma, a medio camino de todo. Lo mejor que se puede decir de ella es que dura 90 minutos y que se digiere tan rápido como se olvida. Ni siquiera es un guilty pleasure. Una auténtica lástima porque le teníamos muchas ganas.  

SONIA BARROSO.-

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