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HANS VS AMON

HANS VS AMON

La Segunda Guerra Mundial ha sido uno de los temas más o menos fijos en las sinopsis de las últimas décadas, ya sea en documentales o en largometrajes que han tratado, desde distintos puntos de vista, de acercarse al tema. Hay innumerables ejemplos, unos más acertados que otros, debiéndose subrayar que el rigor histórico puede estar más que peleado con un buen producto cinematográfico.

El oficial nazi, el miembro de la Gestapo o de las SS, es la referencia habitual que da cara al horror del Tercer Reich. Un uniforme que muchos han vestido en el cine. Pero hoy nos vamos a centrar en dos actores y en sus papeles: Amon Goeth, capitán de las SS y comandante del campo de prisioneros de Plaszow (Polonia), interpretado por Ralph Fiennes en Schindler’s List (Steven Spielberg, 1993), y Hans Landa, conocido como “el cazador de judíos”, e interpretado por Christoph Waltz en Inglorious Basterds (Quentin Tarantino, 2009). Personajes planteados de forma muy diferente, en películas tan opuestas como sus directores. Dos grandes que dieron a ambos actores papeles para recordar.

LA LISTA DE SCHINDLER

Ralph Fiennes se mete en la piel de un capitán de las SS, un sanguinario tan real como el campo de Plaszow desde el que acabó con la vida de miles de judíos. “El verdugo de Plaszow”, como se le conocía, era un austriaco corpulento de 1,92 m de altura y 120 kilos de peso. Precisamente, hace años, en una entrevista el actor reconocía que tras la primera prueba para el personaje, Spielberg le comentó que veía al personaje en sus ojos, pero no en su físico. Varias semanas después, cuando volvió a reunirse con Spielberg, había engordado unos 12 kilos y se hacía con el papel. Papel oscuro y terrible, sí, pero también hipnótico, ya que al espectador le resulta casi imposible no prestarle toda su atención en cuanto aparece en pantalla.

Fiennes como comandante, dirigiendo el ataque al Ghetto o supervisando el campo, está tan creíble como cuando le vemos en conversación con Schindler, o en esos momentos más íntimos en los que intenta lidiar con los sentimientos encontrados que le despierta Helen Hirsch, su criada. En cada escena, Fiennes logra equilibrar el sadismo con la frialdad, de manera que somos muy conscientes en todo momento de que sus acciones son premeditadas, de que no son accesos de locura. En las fiestas con otros oficiales, en las partidas de carta con Schindler, está siempre agazapado ese animal que dispara desde el balcón de su villa antes de desayunar. Spielberg estaba en lo cierto, el personaje asoma en esa mirada fría y casi imperturbable a lo largo de todo el film.

El personaje de Fiennes es el mal sin límite, sin excusa, consciente de su propia capacidad de destrucción y del terror que inspira. Es, además, el contrapunto a Schindler. Sobre ambos personajes construye Spielberg una película en la que el drama sólo se ve superado por el horror. Y diseñada para que éste permanezca en cada escena, en cada personaje, sin darnos tregua.

Fiennes fue candidato al Oscar, pero entre los siete premios que se llevó la película no estaba el suyo, aunque si recogió el BAFTA. Hubo quien afirmó que en la Academia no habían sido capaces de premiar al “mal absoluto” que significaba el papel de Goeth. Fuera como fuese, a partir de ese momento, el actor inglés se convirtió en un habitual de las carteleras, y nos ha seguido brindando grandísimos personajes.

MALDITOS BASTARDOS

Diametralmente opuesta resulta Malditos Bastardos, o quizás no tanto… Porque a la que el espectador se detiene a recapacitar un momento, se da cuenta de que las risas y los excesos han cubierto con una capa de frivolidad, tan delgada como transparente, la terrible realidad de la guerra.

Lo cierto es que Waltz debe estar a punto de tatuarse la cara de Tarantino en su antebrazo, si no lo ha hecho ya. Dos Oscars, los dos en la categoría de Actor de Reparto, y los dos gracias a películas del director de Tennessee. Y si bien el segundo, logrado este mismo año gracias a Django Desencadenado, puede ser más discutible, todos éramos conscientes de que Landa era un personaje premiable desde el principio.

Waltz, desconocido hasta ese momento para el gran público, nos retrata a un coronel de las SS tan cruel como el Goeth de Fiennes, pero con una dosis brutal de ironía, lo que tiene, de entrada, dos efectos claros: el principal es que el espectador ríe con él… hasta que piensa que está ante el tipo que persigue a familias enteras de judíos para acabar con ellas, y tuerce el gesto. El segundo es que esa ironía no le resta un ápice de intenso horror a su personaje. De hecho, es posible que lo potencie. Es difícil encontrar el equilibrio para dar vida a un carácter tan extremo y, sobre todo, hacerlo sin caer en la caricatura, pero el resultado es un evidente éxito, tanto de quien escribe el personaje como de quien lo interpreta.

Tarantino no pretende recrear un episodio histórico, aunque perle su película de altos mandos del aparato nazi (con Hitler incluido). En realidad, Tarantino reescribe la historia y le da la forma que le viene en gana, pero sus diálogos y su puesta en escena es magnífica. El afán de Spielberg estaba más encaminado en hacer justicia a una historia que a él, personalmente, le duele. Sean cuales sean sus motivaciones, ambas películas nos llevan desde puntos de partida muy alejados a una misma realidad: la de una guerra que deja en evidencia lo destructivo que es el ser humano para sí mismo.

Con todo, dejando al margen la opinión de cada uno sobre las películas o de qué actor pueda gustarnos más, las dos cintas les deben mucho a esos dos “secundarios”. Al final, uno se da cuenta de que con el personaje de Fiennes no hay una risa, o una sonrisa siquiera, que ayude a digerir a ese “mal absoluto” al que pone cara, mientras que ante el personaje de Waltz puede llegar hasta a arrepentirse de cada risa o de cada sonrisa.

IMMACULADA PILAR COLOM.-

Pie de foto: Amon Goeth, interpretado por Ralph Fiennes, el sanguinario capitán de la SS conocido como "El verdugo de Plaswoz". 

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