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LAS SOMBRAS DE UN IMPERIO EN DECADENCIA

LAS SOMBRAS DE UN IMPERIO EN DECADENCIA

Me llamo Bond, vintage Bond y vengo para a luchar, desde las sombras contra un Imperio en decadencia. Este podría ser el resumen de Skyfall, de Sam Mendes, la 23ª entrega de la saga del agente Bond en su 50 aniversario del personaje en el cine.

La historia, tras una siempre espectacular secuencia inicial de acción seguida de unos brillantes créditos acompañados del muy bondiano tema musical de Adele, va de más a menos. Dichos créditos iniciales son de una elegancia exquisita, acompañados por el tema de Adele, cuya letra está muy en consonancia con dos de los protagonistas de la historia.

En un interesante juego de espejos, la imagen que le devuelve es la de un Bond visiblemente fatigado, que sólo es un mero reflejo del que fue hace un tiempo y con la certeza de que jamás volverá a ser tan poderoso ni física ni mentalmente.Este reflejo lo sufren también otros personajes del relato.

Judi Dench interpreta a una M cerca de la jubilación forzosa. La gran dama británica brilla en cada una de sus numerosas lineas de diálogo. No podemos decir porqué su personaje cobra tanto protagonismo en esta entrega.

Tampoco hay que olvidar a Ralph Fiennes, quien 10 años atrás hubiera sido un perfecto agente doble 0, gentleman style y en esta cinta toma un decisivo rol que le encara en futuras entregas.

Ni mucho menos a Javier Bardem, quien construye un malo antológico, que bebe de las fuentes del Jocker de Heath Ledger y del Hannibal Lecter de Anthony Hopkins (también por su omnipresencia en la historia con contadas apariciones). Un personaje que vive resentido por su pasado, con sed de venganza y con una singular inclinación pocas veces vista en un villano.

Así pues, estamos ante una película muy lograda en cuanto a historia, interpretaciones e incluso en factura técnica. Las soluciones visuales creadas por Mendes (sobre todo en el tramo de Shangai) son sofisticadas y resultonas. Los créditos iniciales son de una elegancia exquisita, acompañados por el tema de Adele, cuya letra está muy en consonancia con dos de los protagonistas de la historia.

La crisis está muy presente en una historia en la que ya no hay brillantes gadgets tecnológicos ni el último superdeportivo. Se recurre a antiguos artilugios, que no son precisamente quincalla, y a un espíritu puramente MacGyver, más artesanal, como si los artefactos del pasado fuesen la mejor solución para enfrentarse a los males del presente.

En definitiva, que uno de los puntos fuertes de la película es la gran realización de Sam Mendes, quien le da a la trama un aire sombrío y crepuscular, que ya se entreveía en la melancólica e incomprendida Quantum of Solace de Marc Forster y que aquí se profundiza.

Mendes acentúa los aspectos más lúgubres para denotar la decadencia del Imperio británico y, por ende, de la civilización occidental actual: de la opulencia de los neones de Shangai a las clocas del metro londinense. En esta entrega se pierde la ironía (sólo se ve en poquísimas ocasiones y en dos personajes especialmente) y se masca la tragedia de manera más rotunda, y hasta ahí os podemos contar. 

SONIA BARROSO.-

Pie de foto: Daniel Craig mirando desde las alturas un mundo occidental en crisis.

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